decora la Grand Place. / EFE
El célebre Manneken Pis.
Vista del Atomium, símbolo de Bruselas./ AFP Las famosas galerías Saint-Hubert./ EL CORREO Uno de los abundantes mercadillos callejeros./ EL CORREO
Las famosas galerías Saint-Hubert./ EL CORREO Uno de los abundantes mercadillos callejeros./ EL CORREO
Uno de los abundantes mercadillos callejeros./ EL CORREO
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No, no todo en Bruselas es chaqueta, corbata, maletín y despacho. No lo es, por mucho que su aeropuerto parezca el escaparate mundial de los ejecutivos o el reino del burócrata enchaquetado. Y tampoco es Bruselas, aunque la historia lo sugiera en algún momento, ni un feudo de moderna sociología luterana o calvinista, ni una herencia urbana del antiespañolismo nacido con el tercio de Flandes. Y no es todo lo anterior, entre otras muchas razones, porque el aluvión humano y un mercantil europeísmo han terminado por convertir a Bruselas en una ciudad cosmopolita, multilingüe y sofisticada, en la que el eterno gris del cielo no tiene porqué ser sinónimo de aburrimiento, de depresión y hasta de frío.
Esto último se nota tanto al ver y sentir la noche pecaminosa de Bruselas o al oír las risotadas de un funcionario griego de la Comisión europea mientras regatea una baratija en el mercado de anticuarios en la Plaza del Grand Sablon, como al oler el sofrito de una salsa boloñesa en pleno centro de la ciudad, cuya autora confesa es ni más ni menos la esposa fiel de un antiguo conserje del Parlamento europeo. También se nota, por supuesto, a poco que se tenga interés por ir más allá del tópico de los gofres, las patatas fritas y los mejillones o del estereotipo de la Grand Place, el Manneken Pis, el Atomium y los chocolates o pralinés belgas de toda especie y condición, sí, que son tan buenos como peligrosos y golosos.
Amor al modernismo
Por eso prefiero el Café Falstaff a Le Roy d ' Espagne o a Les Brasseurs de la Grand Place, más que nada para poner tierra de por medio sobre esos turistas que beben cerveza a litros y comen desaforadamente en los aledaños gallos de Malinas, enormes ostras insípidas, mariscos incoloros y mejillones, eso sí, deliciosos al ajo, a la provenzal o al vino blanco. Y ello, aunque las cervezas y los cafés en los dos últimos sean casi de obligada devoción. Porque turistas hay en todas partes, sí, pero los de Falstaff, muy cerca de la Bourse, se confunden civilizadamente con los locales en la admiración conjunta que en ese café o en su vecino Cirio tienen por la decoración Art Nouveau o, lo que es lo mismo, por la armonía entre conversación y condumio en compañía de la sofisticación curvada, orgánica y floral que caracterizó el buen gusto del periodo de entresiglos.
Y ya puestos en el amor al modernismo, pues nada como el estilo del Hotel Métropole, donde además se puede dormir en la misma habitación que alojó a Douglas Fairbanks y al general De Gaulle, merendar chocolate caliente o tomar un dry martini en su bar rodeado de columnas corintias. Lo mismo que en las galerías Saint-Hubert, atalaya luminosa y cubierta, viendo pasar la vida placentera desde la terraza de la Taverne du Passage, claro, en compañía de cualquier vino francés, que no belga.
Luego también está el placer del paseo o del caminar, por ejemplo entre las hayas y los laureles del parque del Cincuentenario o, simplemente, por las calles cercanas al Grand Sablon, mirando galerías o anticuarios o haciendo el alto obligado en Le Grand Mayeur, donde el surrealismo ha hecho coincidir a un propietario griego, a una cocina más o menos rusa y a una orquesta también más o menos zíngara, que a lo largo de la noche puede tocar la música de la película ' El tercer hombre ' , la clásica ' Noches de Moscú ' y hasta ' Guantanamera ' si se animan con el vodka.
Ambiciosamente parisina
Pero donde Bruselas quiere ser más cosmopolita, es decir, más ambiciosamente parisina, neoyorquina o londinense, es en esa parte de la Avenue Louise o del bulevar Waterloo, donde aspira a emular a los Campos Elíseos, a Sloan o Bond Street y a la Quinta Avenida, en una competencia planetaria de marcas, lujo y compras que luego agravan el gasto con la comida o la cena en la Maison du Cygne o en L ' Ecailler du Palais Royal, donde también se cuece el quehacer diario de la Europa comunitaria. Una Europa comunitaria y funcionarial, ya lo digo, siempre empeñada en desterrar secretamente el tópico de la Bruselas recatada y aburrida, a base de juergas en la noche de los clubs privados y los sitios de moda entre la Bourse y Saint-Catherine. Juergas y noches pecaminosas, recalco, en las que más le vale pasar desapercibido al funcionario comunitario de turno, no vaya a ser que al día siguiente su ciego y la compañía sean la comidilla de veinte o treinta direcciones generales entre la Comisión, el Consejo de ministros, el Parlamento y el Comité Económico y Social, supremas instancias comunitarias que por igual desarrollan el europeísmo de Konrad Adenauer, que forjan la mala fama de cualquier desgraciado en desfogue ocasional.
Escapada a Amberes
Mejor para estos últimos, seguro, la visita dominical en familia al Museo de Bellas Artes de Bruselas, para redimir el vicio en la contemplación de Snyders, Brueghel, Rubens y Van Dyck, cosa loable además de recomendable. Y si no, queda igualmente la escapada a Amberes, en la que su modernidad nocturna y diurna vestida de Yamamoto o Dries Van Noten siempre ayuda a ocultar lo evidente.
Fuera de estas vicisitudes humanas, insisto en que Bruselas no es para nada el tópico de la ciudad en la que sólo se trabaja, se duerme y vuelta a empezar. Al contrario, de lo que se trata en Bruselas es de vivir bien al estilo centroeuropeo pero con la sabiduría meridional perfectamente reconocible, en una ciudad de dimensiones razonables que, encima, ha logrado adaptar su identidad a la condición multinacional de sus habitantes. Algo loable, desde luego, cuando el clima no ayuda y cuando encima la intrahistoria es la que es.
Mañana
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